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¡Llegó el carnaval!

Para no dejar pasar esta fecha festiva, queremos compartir con ustedes algunos extractos de los registros de Lina Beck Bernard (1824-1888). Lina, nacida en Alemania, estudio griego, ciencias, dibujo y derecho penal. Casada con quien fuera el fundador de San Carlos Centro, en su paso por Santa Fe, no sólo fue testigo, sino que observo, estudio y documento, todo lo que para ella era nuevo y desconocido. Sus textos fueron publicados en el libro "Cinco Años en la Confederación Argentina"  de José Luis Busaniche.
"1882 - Carro de cuatro ruedas imitando al vapor Primer Santafecino tirado por ocho caballos y ostentando el nombre de Juan progreso de Santa Fe. Paredes, Clementino s: los carnavales de la vieja Santa Fe" en el Archivo Intermedio, obtenida del banco de imagenes digital Florian Paucke
"Desde nuestra azotea dominamos las plazas y calles adyacentes. En las casas vecinas preparan el carnaval con varias semanas de anticipación. Una cantidad enorme de huevos, previamente vaciados con precaución, se llenan con agua perfumada, cerrándolos  en uno de sus extremos por redondeles de tafetan verde, azul y rosa engomados. Estos huevos se distribuyen en canastillas, cajas y bolsas a los caballeros de la casa. Cuando no es suficiente la provisión, se recurre a las mulatas y negras que venden esos proyectelis indispensables en tiempos de carnaval. Los aguateros van y vienen sin descanso vaciando sus barriles en todos lor recipientes imaginables, que se acumulan tras de los antepechos de las azoteas.
Terminados estos preparativos ya se puede empezar el carnaval, y se inicia en efecto, a la señal de un cañonazo, el lunes a mediodía, dandose comienzo  a las hostilidades. En seguida desembocan por todas las calles, escuadrones de jinetes que van y vienen a gran galope recorriendo todos los circuitos posibles. Las damas aparecen en las azoteas y a poco el bombardeo se hace general. Las señoritas arrojan agua en toda forma sobre los caballeros. Los caballos asustados bajo la inesperada catarata, se encabritan, dan coces, se abalanzan y ponen a prueba la habilidad de los jinetes. Estos, con la mano que tienen libre, lanzan huevos, unos tras otro, a la altura de las azoteas. Las damas los evitan como pueden, pero los proyectiles se suceden con tal rapidez, que pronto, peinados y vestidos dejan ver las señales de la batalla. Al más arrojado, agil y diestro de los jugadores se le arroja desde los balcones una gran corona de laureles rosas, que se pone como adorno al pecho del caballo, proclamando así la victoria del jinete. Las frases alegres, los desafíos, las réplicas, las agudezas, suben y bajan como proyectiles, desde los balcones a la calle y desde la calle a los balcones. (...) El juego reonovado dura toda la tarde. A las seis otro cañonazo, interrumpe las siguientes justas, aplazándolas hasta el día siguiente. En la calle los chiquillos armados de aparatos semejantes a los del ^Enfermo de aprensión^
(jeringas con las que se tiraba agua) se esfuerzan por mojar a los pasantes y hacer penetrar los chorros de agua por puertas y ventanas cerradas con precaución  en estos días. Nunca terminan estos juegos sin algun accidente: son lastimaduras en los ojos o cabeza, producidas por los huevios lanzados de muy cerca, o bien caídas de los caballos que resbalan sorprendidos por el agua y los gritos (...) Pero esto no significa nada. Todos se divierten despreocupadamente, llenos de alegría y vuelven a casa calados hasta los huesos, cansados a no poder más y dispuestos a recomenzar al día siguiente" Lina Beck - Bernard en CINCO AÑOS EN LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA 1857 - 1862, versión española por José Luis Busaniche, edición 1991

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